Tiempo, gestos y ficciones

Que nos encontramos inmersos en un modelo de desarrollo insostenible, ya es un hecho. Comenzamos a entender la importancia de cambiar de dirección y buscar otras formas de existir. La cuestión es, entonces, cómo pensar estrategias flexibles para habitar el mundo. Desde el naufragio de Robinson Crusoe, sabemos de la necesidad de una vida en convivencia, de vivir juntos. Parafraseando a Judith Butler, siempre necesitamos de la comunidad, del apoyo y soporte que esta nos brinda, para poder realizar cambios. Quizá, en el acto de pensarnos como sociedad, debemos replantear nuestras relaciones de interdependencia, sabiendo que, si hay reciprocidad, se podrán dar relaciones libres.

Esta exposición parte de la oportunidad que hemos tenido de trabajar y pasar tiempo dentro del convento con las monjas de clausura. A la espera de encontrar otras formas organizativas de emancipación y liberación, hemos hecho un ejercicio de convivencia y observación que nos ha permitido profundizar en las prácticas cotidianas que suceden detrás de los muros del Monasterio. De este espacio de autonomía y autosuficiencia que es, a la vez, un lugar de confinamiento y segregación, subyace una realidad de colectividad y pertenencia que dirige nuestra mirada, casi sin darnos cuenta, hacia un análisis de los “modos de hacer”, de sus rutinas y rituales.

Lo que sucede cuando estamos dentro es que la percepción del tiempo y el espacio se deforma. Se amplifican los sonidos a priori imperceptibles y, en los pasillos, resuena el ir y venir sobre los mismos pasos. Comenzamos a sentir las evidencias de una decisión de vida, la de aislarse y confinarse en un marco, como una forma de estar posible. Durante el recorrido por las diferentes estancias, se nos desvela el especial protagonismo que han tenido los talleres y espacios de trabajo en el convento. En las labores artesanales que se llevan realizando desde hace siglos en el interior, encontramos un lenguaje del mestizaje y unos gestos que perduran a través de las costumbres. Con todo ello, descubrimos la forma de iniciar un diálogo con los procesos de algunos artistas contemporáneos que investigan acerca del tiempo, el trabajo artesanal y la comunidad.

Se trata de proponer aproximaciones y reflexiones, explorando otras formas de estar y de articular de manera colectiva el espacio, buscando un diálogo horizontal en diferentes tiempos y con múltiples ficciones.

 

Pérez y Requena, comisarios

Que nos encontramos inmersos en un modelo de desarrollo insostenible, ya es un hecho. Comenzamos a entender la importancia de cambiar de dirección y buscar otras formas de existir. La cuestión es, entonces, cómo pensar estrategias flexibles para habitar el mundo. Desde el naufragio de Robinson Crusoe, sabemos de la necesidad de una vida en convivencia, de vivir juntos. Parafraseando a Judith Butler, siempre necesitamos de la comunidad, del apoyo y soporte que esta nos brinda, para poder realizar cambios. Quizá, en el acto de pensarnos como sociedad, debemos replantear nuestras relaciones de interdependencia, sabiendo que, si hay reciprocidad, se podrán dar relaciones libres.

Esta exposición parte de la oportunidad que hemos tenido de trabajar y pasar tiempo dentro del convento con las monjas de clausura. A la espera de encontrar otras formas organizativas de emancipación y liberación, hemos hecho un ejercicio de convivencia y observación que nos ha permitido profundizar en las prácticas cotidianas que suceden detrás de los muros del Monasterio. De este espacio de autonomía y autosuficiencia que es, a la vez, un lugar de confinamiento y segregación, subyace una realidad de colectividad y pertenencia que dirige nuestra mirada, casi sin darnos cuenta, hacia un análisis de los “modos de hacer”, de sus rutinas y rituales.

Lo que sucede cuando estamos dentro es que la percepción del tiempo y el espacio se deforma. Se amplifican los sonidos a priori imperceptibles y, en los pasillos, resuena el ir y venir sobre los mismos pasos. Comenzamos a sentir las evidencias de una decisión de vida, la de aislarse y confinarse en un marco, como una forma de estar posible. Durante el recorrido por las diferentes estancias, se nos desvela el especial protagonismo que han tenido los talleres y espacios de trabajo en el convento. En las labores artesanales que se llevan realizando desde hace siglos en el interior, encontramos un lenguaje del mestizaje y unos gestos que perduran a través de las costumbres. Con todo ello, descubrimos la forma de iniciar un diálogo con los procesos de algunos artistas contemporáneos que investigan acerca del tiempo, el trabajo artesanal y la comunidad.

Se trata de proponer aproximaciones y reflexiones, explorando otras formas de estar y de articular de manera colectiva el espacio, buscando un diálogo horizontal en diferentes tiempos y con múltiples ficciones.

 

Pérez y Requena, comisarios